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De Apurimac a Utrecht – La historia de un embajador cultural andino
Hay niños que crecen entre montañas y aprenden a escuchar el silencio de la tierra antes que cualquier otra cosa. Alma Inkari fue uno de ellos. Creció en Totora, Apurímac, en una comunidad donde el quechua no se enseñaba: se respiraba. Donde la Pachamama no era un concepto aprendido en un libro, sino una presencia viva con la que se convivía cada día. Donde el respeto a los mayores, la solidaridad entre todos y la armonía con la naturaleza no eran normas impuestas, sino formas naturales de estar en el mundo. Allí, Alma fue feliz, sin saber que esa conexión con lo esencial sería, años después, lo único que lo mantendría entero en medio del ruido del mundo.
“Nacer en esa comunidad fue una suerte”, recuerda. “Crecí feliz rodeado de la naturaleza andina, sintiéndome parte de la Pachamama”.
Esas palabras no suenan a nostalgia vacía. Suenan a verdad de quien ha vivido lo suficiente para saber lo que realmente importa.
La primera pelota de lana de alpaca
Alma tenía 7 u 8 años cuando cierto día el pueblo entero se paralizó por un partido de fútbol: la selección local contra el equipo de otro pueblo. Solo once niños seleccionados podían jugar. Los demás observaban desde la orilla, con los brazos cruzados y los ojos llenos de ganas.
Alma quería ser parte de esa emoción. Y al ver cómo los otros ciento cincuenta niños del pueblo también querían jugar, algo se encendió en su cabeza. Recordó que su hermano mayor tenía una pelota de cuero vieja, reventada, sin cámara. Corrió a casa, la rellenó con lana de alpaca, la cosió con hilo de maguey y volvió a la plaza del pueblo gritando: «¿Quién quiere jugar?».
Cuarenta contra cuarenta. Una pelota que no rebotaba, pero rodaba. Y todos los niños que antes solo miraban, corrieron, rieron y fueron felices.

Esa escena — un niño improvisando una pelota con lo que tenía para que nadie se quedara fuera — es, quizás, la mejor foto de lo que Alma Inkari llevaría siempre consigo: la certeza de que, con creatividad y determinación, siempre hay una manera de incluir a los demás.
El largo viaje que empezó sin entender
Un día Alma pastoreaba sus llamas en las alturas de los cerros cerca de su comunidad, junto a su familia y otros niños. El sol caía a plomo sobre el manto de las laderas y el viento silbaba entre las piedras mientras el rebaño se movía lento. Era como si el tiempo allí no existiera. Era su mundo: las montañas, los animales, el silencio que solo rompían los pasos sobre la tierra. No necesitaba nada más.
A la distancia, Alma vio que su tía se acercaba. Cuando llegó, recibió la noticia: su hermano mayor le había enviado un pasaje desde Lima. Debía irse a estudiar a la capital. No había discusión posible. En la cultura andina, la palabra de los mayores no se negocia. Alma escuchó a su tía, guardó silencio, inclinó la cabeza y obedeció.
A sus 14 años, Alma no entendía del todo lo que significaba. Solo sabía que su hermano lo llamaba y que uno no desobedece a un hermano mayor. No había rabia, tampoco alegría. Había, más bien, una mezcla extraña de tristeza por dejar el pueblo y emoción por volver a verlo. Habían pasado años desde la última vez.
La despedida fue sencilla, como todo en la comunidad. Los tíos, los primos, los vecinos que habían sido familia toda la vida, se reunieron para decirle adiós. Las llamas se quedaron pastando, ajenas a todo. El viento seguía soplando. Los Andes seguían allí, eternos. Alma se fue sin mirar atrás. Pero sintió el peso del pueblo en los hombros durante todo el viaje.
Llegó a San Juan de Miraflores, a casa de una tía. Alma recuerda entre risas que al llegar a Lima saludaba a todo el mundo por la calle — al vecino, al panadero, a todo transeúnte que se cruzara en su camino — como se acostumbra en los Andes, donde nadie es desconocido. Pronto entendió, con la misma sonrisa con que lo cuenta hoy, que en la gran ciudad eso no se hacía. La gente lo miraba como si hubiera aterrizado de otro planeta. Y en cierto modo, así era.

Luego se mudó a Villa El Salvador, a casa de su hermano, y estudió en el colegio nacional Federico Villarreal. Allí sintió por primera vez el peso de la discriminación. Era una sensación extraña para alguien que venía de una comunidad donde el respeto mutuo era tan natural como respirar, y donde un saludo nunca había sido motivo de sospecha.
Pero no se dejó vencer. Se aplicó en los estudios, empezó a leer vorazmente y elevó sus conocimientos. “Aprendí más de los libros que en la escuela misma”, confiesa. Y aunque no lo dice, se nota que ese orgullo por su propio esfuerzo sigue intacto.
El quechua como pasaporte: un accidente que cambió su nombre y su destino
A los 18 años viajó a Ecuador. En Quito escuchó a un grupo de ecuatorianos hablando en quechua y se acercó sin dudar. Les preguntó de qué comunidad eran. Ellos, a su vez, le preguntaron de dónde era él. «Del Perú», respondió Alma. Fue entonces cuando uno de ellos lo miró con una sonrisa burlona y le soltó: «Sonso, ¿por qué te quieres pasar como extranjero?». Alma explicó que era peruano de verdad, que no mentía. Se hicieron amigos. Y ese momento le abrió los ojos: el quechua no entiende de fronteras. Es un idioma que atraviesa países, que une comunidades, que existe más allá de los mapas que dibujaron los colonizadores.
Así fue como, con el quechua como pasaporte, Alma empezó a viajar por toda Latinoamérica — Argentina, Chile, Colombia, Brasil — comunicándose en el idioma ancestral de los incas. En 1989, mientras tocaba música andina en un restaurante en Venezuela, un diplomático peruano se le acercó: necesitaban un grupo musical para un evento en el Palacio de Miraflores. Esa noche, con atuendos incas, cantaron en quechua. Todos bailaron. Todos se llenaron de alegría.
Las autoridades venezolanas quedaron maravilladas con la música y la presentación de Alma. Al terminar, el embajador peruano en Venezuela le entregó una carta y una misión: representar al Perú y su cultura por todo el mundo. Así empezó su gira mundial.
Pero había algo que Alma aún no había resuelto: su nombre. En Brasil sintió que necesitaba ser él mismo y dejar atrás el nombre impuesto que no tenía nada que ver con su cultura ni su pasado inca. Empezó a llamarse Inkari, como la leyenda. Seis meses después, un accidente casi le cuesta la vida. Al salir del coma, lo supo con claridad: su nombre completo sería, desde ese momento, Alma Inkari.
Hay nombres que se eligen. Y hay nombres que te eligen a ti.
Llegar a los Países Bajos: el frío, el amor y una nueva vida
Cumpliendo la misión que le fue encomendada, Alma llegó un día a Curazao. Isla de mar Caribe y viento salado, donde compartió y mostró la cultura peruana con la misma naturalidad con la que antes había pastoreado llamas en los cerros de Apurímac. El ministro de cultura de la isla, al escuchar sus planes de gira por Europa, le pidió que contactara a las autoridades neerlandesas. «Es necesario que compartan la visión andina y la cultura en los Países Bajos», le dijo.
Así fue como Alma, sin planearlo, llegó a los Países Bajos. Un país que no podía ser más distinto a sus montañas: plano, de cielos grises y canales que cortan la tierra en líneas rectas. Se reunió con personalidades neerlandesas, llevando consigo el eco de sus quenas y la certeza de que la cultura andina tenía algo que decir en este rincón del mundo.
Alma recuerda todavía la primera vez que vio los Países Bajos desde la ventanilla del avión. Todo era plano. No una llanura cualquiera, sino una extensión tan perfectamente horizontal que parecía hecha a regla. Él, que había crecido entre montañas, cerros y abismos, no podía creer lo que veía. «¿Dónde están las montañas?», pensó. Y entonces, con esa lógica directa que solo tiene alguien criado en los Andes, llegó a una conclusión que hasta hoy le saca una sonrisa: «Seguro que los neerlandeses las quitaron todas para que los aviones aterricen sin peligro en Schiphol».
La imagen es irresistible: un ejército de ingenieros neerlandeses, con sus cascos amarillos y sus zuecos, desmontando los Alpes andinos ladrillo a ladrillo para allanarle la pista a KLM. Por supuesto, nadie había movido ninguna montaña. Los Países Bajos siempre fueron así: un país que parece que el mar hubiera alisado con una plancha. Pero para un niño de Apurímac que veía el mundo desde las alturas, la única explicación posible era que aquí la gente no dejaba nada al azar, ni siquiera la geografía.

Por esos mismos tiempos, sin buscarlo, conoció a su esposa. Y después de muchos años viajando por toda Europa, un día decidió asentarse. Aquí. En esta tierra de molinos y tulipanes, de bicicletas y lluvia fina.
Para muchos, el clima y la cultura neerlandesa son un problema. Un muro invisible que nunca terminan de escalar. Para Alma Inkari no lo fue. Pero su facilidad para integrarse no radica en haber aprendido las costumbres locales más rápido que otros. Su secreto es anterior, más hondo: antes de conectarse con una sociedad nueva, él se conecta con la armonía de la tierra. Con la Pachamama. Allá donde va, busca el pulso del suelo, la dirección del viento, la manera en que la luz toca los árboles. Porque cuando estás en paz con la tierra, cualquier tierra puede volverse hogar.
«Al crecer en una comunidad andina basada en el respeto y la convivencia en armonía, ayuda mucho a integrarse en cualquier sociedad», explica. No es una frase hecha. Es alguien que ha vivido en primera persona que la cosmovisión andina — esa forma de entender el mundo donde todo está conectado — es un puente, no una barrera.
La música y la filosofía que el tiempo le dio la razón
La música no está lejos de la cosmovisión andina. Para Alma Inkari no es un accidente ni un adorno: es una extensión natural de la conexión con la tierra. «La música nos conecta con la armonía y la tierra», explica. «Es un agradecimiento a la vida y un respeto a las tradiciones».
A él le gusta tocar la quena, las zampoñas. Instrumentos que no suenan a virtuosismo sino a memoria, a viento de montaña, a algo que se lleva en la sangre.
Aquí en los Países Bajos fundó InkaPacha, una organización que trae artistas latinoamericanos del mundo incaico a este rincón del norte de Europa. Pero su misión va más allá de la música: InkaPacha existe para compartir el respeto, para conectarse con la naturaleza, para crear conciencia, amor y armonía hacia la tierra.

Cuenta que a principios de los noventa organizó un evento del Inti Raymi y habló sobre la armonía y el respeto a la tierra. Por esos tiempos, muchos neerlandeses le decían que eran pensamientos atrasados. «Ahora el tiempo nos da la razón», recuerda Alma con una sonrisa.
Ha aparecido en programas de televisión neerlandesa como RTL y Jack Spijkerman, llevando la cultura andina a los hogares holandeses. Pero para él, la música no es un escaparate. Es una forma de conectar con la armonía y la tierra.
Hoy, a través de InkaPacha, impulsa programas de limpieza de plásticos en la naturaleza y apoya escuelas en comunidades andinas. La Pachamama no es una idea abstracta. Es lo que hay que cuidar cada día.
La herencia y el código inca que no se olvida
Alma es padre de seis hijos y tambien ya es abuelo. Todos sus hijos tienen nombres quechua. Y sus hijos, por iniciativa propia, también les pusieron nombres quechua a sus nietos.
“No transmito la cultura —dice—, la practico. Los hijos son un papel en blanco y tienen que crear sus propias historias. Aprendí en mi comunidad que la libertad y el respeto se demuestran y se practican. Los hijos aprenden del ejemplo”.
Cuando se le pregunta por una enseñanza de sus antepasados que aún lo guíe, Alma recita la ley olvidada del Tahuantisuyo sin dudar: Ama Quella (No seas flojo), Ama llulla (no mientas), Ama sua (no robes), Ama wañuninkichu (no matar).
El orden es importante, explica. flojo “Solo el que no es flojo no va a mentir. El que miente va a robar. Y solo el ladrón va a matar. Si cumples los cuatro mandamientos incaicos, vas a salir siempre como el sol — Inti rina punicunqi”.
Su mensaje para los jóvenes peruanos en Holanda que quieren conectar con sus raíces no necesita más vueltas: «Ama a la tierra. Conéctate a ella, eres hijo de la Pachamama. Respeta a los demás y a tu cultura. Así te saldrán bien las cosas».
Sus planes para los próximos cinco años incluyen desarrollar ecoturismo de neerlandeses a Perú y mostrar los puntos sagrados del mundo andino.
Este 26 de julio, Alma Inkari estará en Utrecht. No es un escenario más en su larga trayectoria: es la celebración de un nuevo aniversario de la independencia del Perú, y lo hará donde mejor sabe hacerlo — con música, con baile, con la energía de quienes entienden la fiesta como una forma de encuentro. El centro EMMA de Utrecht abrirá sus puertas desde la una de la tarde hasta las once de la noche, con catering peruano, piscina para los niños y parking gratuito. La entrada cuesta solo cinco euros y los niños no pagan. No hay mejor plan para un domingo de julio si lo que buscas es sentir el Perú lejos de casa.
Si esta historia te ha llegado, compártela con alguien que necesite recordar que las raíces no se pierden cuando migramos: se expanden. Y si quieres conocer más sobre Alma Inkari e InkaPacha, síguelos en redes — porque la cultura andina no es un recuerdo del pasado. Está viva, aquí y ahora, en cada nota de quena, en cada bocado de comida peruana, en cada abrazo que se da entre quienes saben de dónde vienen.
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