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Miryam Koenis: de vender golosinas en el colegio a llevar el ají amarillo a Países Bajos

by JL Ramos
6 noviembre, 2026
in Estilo de Vida
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Miryam Koenis: de vender golosinas en el colegio a llevar el ají amarillo a Países Bajos
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Hay olores que llegan antes que las palabras. El del ají amarillo: se abre el pote y sale un golpe de sol embotellado, algo dulce, algo picante, con un fondo de fruta madura. Para quien creció en Perú no es un condimento. Es una mañana de mercado, una olla al fuego, una voz que llama a comer.

Durante años, ese olor llegó a Purmerend dentro de una caja de cartón. La mandaba su madre desde Perú: una encomienda con el sabor de casa envuelto en cinta adhesiva. Abrirla era un pequeño acontecimiento. Y no solo para ella.

Porque en cuanto aparecía la caja empezaban las preguntas: ¿eso de dónde lo has sacado?, ¿y no me traes a mí? Lo que había nacido como un asunto doméstico empezó a parecerse a un negocio.

Esa mujer es Miryam Koenis. Nació en Mollendo y creció entre Puno, Lima y Arequipa, siguiendo el trabajo de su padre. Llegó a Países Bajos el 9 de junio de 2008, por amor. Hoy tiene en Purmerend una tienda de productos peruanos y latinoamericanos que empezó, literalmente, con las cajas que le enviaba su madre.

Una casa que se mudaba cada cinco años

Su padre trabajaba en provincias y la familia se mudaba cada cinco años: Puno, Lima, Arequipa. Colegio nuevo, amigos nuevos, otra vez desde cero. Y así hasta que una de esas mudanzas la dejó en Lima, en el Rímac, el único barrio del que habla como si hubiera sido su casa.

«La gente en esas épocas era muy buena onda, divertida», recuerda. Y guarda una escena que no se le ha borrado: Puno, seis años, una actuación del colegio, y ella bailando canciones folclóricas sin una pizca de timidez.

En casa se comía lo que había, y lo que había lo dictaba el país. A principios de los ochenta, Perú atravesaba una crisis que golpeó a casi todas las familias: el dinero no alcanzaba y los precios no paraban de subir. No era solo su casa. Era el país entero. En su caso, eso significaba muchas veces arroz con huevo. Cuando la cosa mejoró llegó la tradición: todos los lunes, lentejas. Lo puso su madre y nadie lo discutió nunca.

Miryam Koenis, a la izquierda y con gafas, con su esposo y un grupo de amigos, todos con la camiseta de la selección peruana y vasos en la mano en un bar.
Miryam, a la izquierda, con su esposo, que también se siente peruano, y un grupo de amigos con la camiseta de la selección.

Dos bolsas de caramelos y una regla que no se saltaba

Hay una anécdota que explica mejor que cualquier currículum lo que Miryam hace hoy, y la protagonista no es ella: es su madre. En aquellos años de crisis, con medio Perú haciendo malabares para llegar a fin de mes, muchas casas se resolvían con lo que se pudiera vender: en la calle, en el mercado o en el colegio. La suya no fue la excepción.

Pero su madre hizo algo más que sobrevivir: convirtió la necesidad en una escuela. En lugar de darles el dinero, les dio producto y clientes: una bolsa de golosinas para cada una y un colegio lleno de compañeros. Y se lo entregó como quien entrega una misión. Miryam volvía siempre con la bolsa vacía.

Su hermana mayor también volvía con la bolsa vacía, pero por un motivo distinto: le daba vergüenza ofrecer. Ahí está la parte buena de la historia. Miryam le pedía la bolsa, se la llevaba y la vendía entera. Dos bolsas por niña, un solo vendedor. Y nadie en la familia parece haberlo encontrado raro.

Tenía una norma propia que aplicaba a todo el mundo: no fiaba. «Me pagas, te doy», ni siquiera cuando el cliente era un compañero de carpeta y la deuda habría sido un caramelo. Sin saberlo aprendía el oficio entero: el producto, el trato y el cobro, lo mismo que hoy hace con más de doscientos productos. Y algo que solo se entiende desde lejos: aquellas golosinas no eran un negocio, eran la vida. Uno lo descubre cuando se va.

Porque la tienda de Miryam no es un almacén de importación. Es un mapa de la cocina peruana puesto en estanterías, y cada producto es una receta que alguien está intentando repetir a siete mil kilómetros de casa. Siglos de recorrido en un frasco de salsa.

Eso es lo que se descubre cuando se vive fuera. Dentro de Perú, un pote de ají es un pote de ají: se acaba y se compra otro. Fuera, el mismo pote es una fecha, una casa, una voz. Por eso los clientes de Miryam no le agradecen el envío: le agradecen los recuerdos.

Un 9 de junio que partió su vida en dos

Dejó Perú el 9 de junio de 2008. No fue por trabajo ni por estudios: fue por amor. Llevaba cuatro años de relación a distancia, con un océano en medio y las conversaciones contadas por horas, y hubo que decidir en qué país se vivía. La balanza se inclinó hacia Países Bajos por una razón bien poco romántica: a ella le convenía más venir que a él irse.

Una decisión así no se toma en una tarde: se piensa, se consulta con la almohada y se duerme mal varias noches. «Alejarme de todo, de mi familia, de mis amigos, todo todo, fue muy difícil», dice, y en ese «todo todo» caben más cosas de las que se pueden nombrar. Pero añade que valió la pena.

Países Bajos fue su único destino: de Perú a aquí, sin escala intermedia.

Y la llegada tuvo un detalle que no tiene todo el mundo: la familia de su esposo la recibió con carteles en español. No uno ni dos. Carteles. Ellos habían estudiado español para poder hablar con ella. Cuando alguien aprende tu idioma antes de conocerte, está diciendo sin decirlo que tu presencia le importa.

El idioma, las fiestas y el adiós de una madre

Lo más difícil no fueron el clima ni la comida: fueron las fiestas. La familia entera alrededor de una mesa que se quedaba corta. Aquí se celebraban con una videollamada, y había un momento exacto, el peor de la noche: la pantalla se apagaba, la casa quedaba en silencio y la fiesta seguía al otro lado del mundo sin ella. Eso es lo que nadie cuenta de migrar: que se puede querer la vida elegida y aun así, a las once de la noche de un 25 de diciembre, la casa se queda en silencio.

El idioma fue otra cosa. De adulto no se aprende: se conquista palabra por palabra, y por el camino se le quedan los chistes a medio camino y las conversaciones en las que sonríe sin saber de qué se ríen. También le costó la calidez: aquí la amistad se hace con más paciencia; la gente es amable, pero la puerta se abre despacio.

Hubo un golpe que la adaptación no arregla. Su madre enfermó a un océano de distancia: el teléfono como sala de espera y la impotencia de no poder hacer nada. Falleció hace unos años. «No tener a mis padres para ayudarme y aconsejarme cuando me pasaba algo», dice, y ahí está el peso: no es que no estén cerca, es que ya no están. Su esposo fue su soporte; aun así, hay llamadas que ya no se pueden hacer, y un día algo bueno pasa y el número que la mano busca ya no existe.

“Todo pasa por algo, y ya pasará y mejorará.”
— Miryam Koenis

De una encomienda a una tienda

La tienda nació de una necesidad doméstica: tener sus propios productos. El empujón definitivo fue el ají amarillo congelado, que se convirtió en un boom: a partir de ahí le empezaron a pedir de todo.

El nombre también tiene su historia. Empezó haciendo catering con una amiga, y se sentaron los tres a decidirlo. La amiga puso «Que Rico», ella puso «van», su esposo puso «Miryam». Cuando cambió el rubro y pasó de catering a productos quiso cambiarlo, pero el nombre ya era conocido y pegajoso. Se quedó.

Estantería metálica con productos peruanos importados: botellas de Inca Kola, cerveza Cusqueña, Pony Malta, sobres Zuko, galletas Cua Cua y crema de ají amarillo tarí.
Algunos de los productos de Que Rico van Miryam: Inca Kola, Cusqueña y crema de ají amarillo.

Con su esposo inscribió la empresa en la cámara de comercio; después llegaron los proveedores y la web, que hizo él. Hoy importa de Perú, pero también de España, Alemania y Bélgica.

El ají amarillo que lo cambió todo

Lo que vende son abarrotes: pastas, salsas, bebidas. El best seller es el ají amarillo, el más usado de la comida peruana: sin él no hay huancaína, ni causa, ni ají de gallina.

Su clientela cambió: hoy hay neerlandeses, latinos y restaurantes de fusión que compran al por mayor.

Lo más difícil del negocio es la logística, y lo dice sin adornos. Lo mejor es el contacto: cuando la reconocen, le dan las gracias por traerles recuerdos de su niñez o de su juventud. Gente que abre una caja y se queda quieta un segundo.

“Me encanta ver felices a las personas.”
— Miryam Koenis

Lo que le diría a quien acaba de llegar

Su consejo para otro peruano que llega y quiere emprender tiene cuatro pasos: adaptarse, aprender el idioma, ponerse una meta e investigar el mercado. Y uno más: no confiar demasiado. «Existe mucha envidia».

De sí misma ha aprendido que puede mucho más de lo que cree. Que no se cae fácil y, si se cae, se levanta rápido. Y que, a pesar de la timidez y del pánico a hablar en público, lo hace igual y saca valor de donde sea.

Cinco personas brindan con copas de cristal junto a una mesa con botellas, delante de un cartel con racimos de uvas y una bandera del Perú.
Miryam, a la derecha, en un brindis durante un evento de productos peruanos.

Sobre el futuro no tiene un sueño único: seguir llevándole a la gente lo que más extraña y quizá ser proveedora de otras empresas. Y quiere que se sepa que los productos peruanos no son solo para cocinar comida peruana: sirven para fusiones, para muchas otras cosas, y muchos tienen historia preincaica.

En Purmerend, entre estanterías de ají y salsas, se guarda algo que no se puede importar en un contenedor: la memoria de una cocina. Miryam la despacha en cajas, y al otro lado alguien abre un frasco y, por un segundo, vuelve a estar en casa.

  • Web: que-rico.nl
  • Facebook: ¡Que rico! van Miryam
Miryam Koenis de pie detrás de una mesa con productos peruanos, entre ellos cajas de picarones Plantilac y frascos de miel, con una banderita del Perú.

En Peruanos.nl creemos que las historias como la de Miryam Koenis merecen ser contadas, leídas y celebradas. Si este artículo te recordó a la persona que te mandaba paquetes desde Perú, te hizo pensar en la primera vez que encontraste tu ají amarillo en Europa o te dejó con ganas de cocinar algo de casa, déjanos un me gusta y cuéntanos en los comentarios qué te pareció. También puedes compartirlo en tus redes. Ayúdanos a seguir dando voz a quienes construyen puentes entre Perú y los Países Bajos. Y si quieres recibir más historias como esta, suscríbete a nuestra newsletter para no perderte ninguna.

Tags: ajicocina peruanaEmprendimiento PeruanoMujeres Peruanasperuanos en paises bajos

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