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El misterio que esconde Jane
Si estás caminando por las calles de Apeldoorn y de repente te cruzas con Jane, lo último que se te pasaría por la mente es que esa chica de piel clara y ojos claros esconde algo. Hasta que habla. Y no, no hace falta que diga nada espiritual. Basta con que pida un café en neerlandés con acento impecable o te suelte un «wat leuk» —y acto seguido, en el mismo tono, te lanza una pregunta «¿Has ido alguna vez a Machu Picchu?» o te cuente «los Apus me guían» como quien dice «voy al supermercado»— para que todo lo que creías saber se desmorone.
Ahí te das cuenta: esta chica no es lo que parece. Ella es mucho más. Porque Jane no solo habla español con naturalidad. Ella te habla también de las Huacas del Sol y la Luna como quien habla de su casa. Y en cierto modo, lo son.
“Hace mucho tiempo, cuando iba a Trujillo, las Huacas siempre estaban presentes en mis pensamientos. Es como si reconociera de dónde vine. No en esta vida, sino en una anterior.”
— Jane

Esa es Jane: una mujer que físicamente podría pasar desapercibida en cualquier ciudad de los Países Bajos, pero que lleva por dentro un legado que cruza océanos, siglos y vidas enteras.
Antes de Jane: el flechazo a un electricista neerlandés
Para entender a Jane, hay que empezar por el principio. Y el principio no es un plan, ni una decisión calculada: fue una cena.
A principios de los ochenta, Jan era electricista en los Países Bajos: invierno, lluvia, rutina. Pero en la empresa de dragado donde trabajaba había un hombre que le hablaba del Perú como se habla de un gran amor. El gerente —años atrás, director de dragado en la ampliación del puerto de Salaverry, en la costa norte— había conocido allí a su esposa, en Trujillo. Y desde entonces llevaba el Perú pegado al alma.
Jan escuchó sus historias durante meses. Paisajes y ruinas incas que le pintaban un mundo tan lejano y tan hermoso que costaba creer que existiera de verdad.
En noviembre, el trabajo terminó. El gerente invitó a su equipo a cenar para celebrarlo. Y en la mesa, copa en mano, volvió a las andadas: en diciembre viajaría un mes entero al Perú, a visitar a la familia de su esposa.
Jan soltó una risa: «Por favor, ya no me hables más del Perú. Tú te vas al verano y yo me quedo aquí, en este frío».
El gerente lo miró a los ojos. Y le dijo: «Viaja conmigo. Para que lo conozcas por tu cuenta».
Jan no lo pensó dos veces. Y sin planearlo, un joven electricista neerlandés de 24 años se lanzó a recorrer el país de punta a punta: los nevados de Huaraz, las líneas misteriosas de Nazca, la blanca Arequipa, el Cusco de piedras milenarias, Machu Picchu entre la niebla, el lago Titicaca, Tiahuanaco en Bolivia y la selva inmensa de Iquitos. Mientras su jefe visitaba a la familia, Jan devoraba paisajes y kilómetros, sintiendo que aquel país le estaba cambiando por dentro.
El Perú ya no lo soltaría jamás. Y lo mejor del viaje aún estaba por llegar.
Después de ese viaje descubriendo el Perú, Jan regresó a Trujillo. Y fue allí donde lo esperaba lo que, sin saberlo, realmente había ido a buscar.
Jenny trabajaba en una agencia de viajes cuya propietaria era su prima. Ese día, Jan entró buscando una visita guiada por Trujillo. Su prima, al ver al holandés, no dudó: «Jenny, llévatelo tú. Muéstrale el Perú».
Jenny lo miró, sonrió —entre seria y divertida, pero siempre profesional— y aceptó. «Voy a mostrarle lo bueno, lo malo y lo feo del Perú», advirtió, sin saber que aquella excursión —entre paisajes, caminos polvorientos y el calor de la costa norte— se convertiría en el escenario de algo que ninguno de los dos esperaba.
Nadie planea un flechazo. Simplemente ocurre. Entre el polvo del camino y la calidez de la gente, dos personas que venían de mundos completamente distintos se encontraron. Y en ese encuentro, sin proponérselo, empezaron a escribir una historia que cruzaría océanos.
Jan volvió a los Países Bajos, pero Perú ya no lo soltó. Cartas, llamadas, promesas. Luego, el matrimonio en tierras peruanas. Y en 1987, Jenny cruzó el Atlántico con una maleta, un corazón lleno de esperanza y la certeza de que el amor verdadero existe.
Poco después nació Jane.
Crecer en los Países Bajos con una madre peruana no fue sencillo.
“En casa yo era peruana. Hablábamos español, mi papá también, escuchábamos música peruana. Afuera de casa era más holandesa. Era como vivir dos identidades, dependiendo de dónde estuviera.”
— Jane
Su madre le transmitió los valores peruanos: el respeto a los padres, a los profesores, a la familia. Valores que a veces chocaban con la cultura holandesa, más relajada, más directa. En la escuela aprendía una manera de comportarse; en casa, otra. Encontrar el equilibrio no siempre era fácil.
Los viajes a Perú cada dos o tres años eran su conexión con la tierra de su madre. Siempre se quedaban donde sus abuelos, en Trujillo. «Se sentía como mi segunda casa». Recorrieron la costa: Piura, Punta Sal, Lima, Cajamarca, los Baños del Inca… pero sobre todo Huanchaco. «Mi sitio favorito. Los caballitos de totora, el ceviche, buscando conchitas en la playa».
A los doce años empezó a preguntarse por qué no vivían en Perú. «Allí estaba mi familia. Aquí estaba mi casa, mi idioma, mi cultura. Nunca comprendí por qué teníamos que vivir en Holanda». En los Países Bajos, mi familia no es numerosa con la peruana, mis abuelos, a una tía y dos tíos. Pero nadie tiene hijos. «Solo mi papá me tuvo a mí. No tengo primos ni una familia grande aquí. Eso siempre me ha sido duro para mi. El sentimiento de estar sola».
Esa soledad, combinada con la nostalgia de un país que sentía suyo sin haber nacido allí, fue moldeando a Jane mucho antes de que ella misma lo entendiera.
El día que entendió lo que siempre había sentido
Desde pequeña, Jane sintió que había algo más. Le fascinaban las historias de magia. En su cuarto, en la adolescencia, percibía energías, sombras, ojos que la miraban. Una vez vio a un niño pequeño parado en una esquina. Pero nunca se creyó del todo a sí misma.
Hasta que cumplió veinticuatro años.
Estaba en un masterclass de negocios, sentada en una silla, cuando su cuerpo empezó a inclinarse solo, cada vez más, hasta casi caerse. Una mujer se colocó detrás de ella y «cortó» la energía. Lo que había pasado, descubrió después, es que otra mujer estaba de pie contra la pared, a su derecha, y sin ser consciente, la estaba empujando con su propia energía.
«En ese instante todo se puso claro. Todo este tiempo yo ya era sensible a las energías. Simplemente no lo sabía».
A partir de ahí, Jane empezó a desarrollar sus dones. Leyó, estudió, practicó. Pero el camino no fue fácil. «Al principio no tenía la guía de un profesor. Y trabajar con energías también puede atraer energías pesadas a tu casa o a tu cuerpo». En una ocasión, creyó estar comunicándose con sus guías espirituales, incluso sabía su nombre, pero resultó ser un espíritu que la quería llevar por otro camino. Aprendió a reconocer las energías verdaderas, pero eso llegó con el tiempo, con mentores, con maestros.
Uno de esos maestros llegó de la manera más natural posible. En los Países Bajos, Jane encontró una escuela donde aprendió sobre chamanismo peruano y las prácticas de sanación ancestrales. El profesor holandés de esa escuela había aprendido todo de su maestro, un hombre llamado Tito Inka. La curiosidad de Jane por saber más sobre la cultura inca y preinca la llevó a conectar directamente con él.
«Hoy tengo contacto con Tito Inka por Zoom. Estoy en el camino de aprendizaje con él».
Pero hubo una voz que lo cambió todo… Don Sebastián, uno de los más viejos y sabios de la comunidad Q’eros —los últimos guardianes de la herencia inca—, cambió por unos días la inmensidad de los Andes por el verde plano de Holanda. Y allí, mirando a Jane a los ojos, pronunció las palabras que ya estaban escritas en su destino: ella era «el alma vieja de una sanadora». Un alma que ha atravesado muchas vidas y acumulado sabiduría a lo largo de existencias enteras. Por eso, cuando Jane habla de despertar, no habla de aprender: habla de recordar. «Solo se necesita despertar esta sabiduría en mí —explica Jane—. Recordar todo lo que ya aprendí en otras vidas pasadas». Siempre le habían dicho que era muy sabia para su edad; ella lo tomaba como un decir. Resultó ser verdad.
Inca Soul Temple: sanar a través del legado
Hoy, Jane canaliza todo ese conocimiento en Inca Soul Temple, su proyecto de sanación energética inspirado en la cosmovisión andina.
«Yo ayudo al cuerpo a que la energía fluya como debe hacerlo. Que las energías pesadas —bloqueos, traumas, miedos— se suelten y se disuelvan». No hay garantías, dice. «Porque el cuerpo mismo se sana. Yo solo ayudo con los medios que los maestros del tiempo de los incas nos enseñaron».
Además de las limpiezas energéticas —que incluyen rituales diarios como limpiar la casa con salvia y el cuerpo con agua de Florida y palo santo—, Jane también trabaja con vidas pasadas. «A veces es útil saber de dónde viene un miedo o una reacción que regresa sin causa. Saberlo ayuda a cerrar el capítulo para tu espíritu en esta vida».

Uno de sus proyectos más ambiciosos es traducir los libros de Tito Inka al neerlandés. Ya están disponibles en quechua, español, inglés y alemán. Pero falta el neerlandés. «Mi misión aquí, en Holanda, es conectar a la sabiduría de mi maestro con los holandeses». Junto a un amigo, Thomas Boots, están terminando la traducción del primer libro, además de los cursos online del maestro.
También está aprendiendo quechua. No por urgencia, dice, sino porque en este camino las palabras originales tienen un poder especial. «No es solo un lenguaje. Es un sonido sagrado. Pronunciar las palabras en quechua tiene más poder energético».
Y hay más: a partir de 2027, Jane y su amigo Thomas Boots —el mismo con quien está traduciendo los libros de Tito Inka— planean organizar viajes espirituales a Perú, para llevar a quienes buscan sanación directamente a la fuente. «Conocer a Tito Inka, un Inca de linaje puro. Apoyar a la comunidad del linaje inca que todavía está viva en Perú. Que las personas tengan una experiencia transformadora».
«No te preocupes por elegir una identidad»
Cuando alguien le pregunta en una cena a qué se dedica, Jane se ríe. «Ya sé que va a ser una conversación larga y profunda». Explica que hace trabajo energético con la sabiduría del Tawantinsuyo. «Pero casi siempre terminamos hablando de traumas y bloqueos de la persona. Y muchas veces, en ese mismo momento, la energía ya se mueve».
Sabe que hay quienes malinterpretan su trabajo. «Piensan que es brujería, que solo se trata de cortar el mal de ojo. Les da miedo. Pero mi trabajo da luz. Está conectado a la Pachamama, a los Apus, a las Ñustas, al Sol y a la Luna. No es algo diferente a entrar al propio cuerpo y viajar, sentir y comprender. Yo solo te ayudo en ese viaje».
Y tiene un proyecto más, uno que revela su lado más maternal: escribir libros para padres e hijos sobre las costumbres del Tawantinsuyo. «Para que sea fácil explicar desde pequeños cómo se vive una buena vida, cómo sanarse uno mismo, cómo reencontrar el equilibrio. Incluso en estos tiempos movidos, rodeados de guerras, crisis, enfermedades y política».
Su mensaje para los jóvenes de ascendencia peruana que están explorando su identidad es claro:
«Muchos años me preocupé por elegir qué identidad tenía. Si era peruana o si era holandesa. Pero después de aprender que todos estamos conectados energéticamente, comprendí que lo único que vale es ir adentro y sentir cuál es tu propósito en esta vida, en este cuerpo, en este tiempo, en la familia en que naciste. Y lo vas a saber cuando lo encuentres. Es algo que siempre regresa a tu camino. Algo que te llena de energía, incluso en los días pesados. Es tu deber con tu espíritu. Y cuando lo encuentres, nunca lo dejes para otro día. Porque sería un día menos para aprender lo que debes aprender en este cuerpo, en esta vida y en este tiempo».

Jane no elige entre ser peruana u holandesa. No tiene que hacerlo. Es las dos cosas. Y también es mucho más: es un puente entre mundos, entre tiempos, entre lo que fuimos y lo que podemos llegar a ser.
Si esta historia despertó algo en ti, Jane te espera en Inca Soul Temple. Síguela en Instagram o Facebook y descubre de primera mano cómo esa «alma vieja de sanadora» sigue tejiendo puentes entre mundos. Y si conoces a alguien que esté buscando su identidad, compártela con ella. Porque a veces, reconocerse en la historia de otra persona es el primer paso para encontrarse a uno mismo.
En Peruanos.nl creemos que las historias como la de Jane merecen ser leídas, compartidas y celebradas. Si este artículo te hizo sentir orgulloso de tus raíces o te inspiró a explorar tu propia identidad, compártelo en tus redes. Ayúdanos a seguir dando voz a quienes construyen puentes entre Perú y los Países Bajos. Y si quieres recibir más historias como esta, suscríbete a Peruanos.nl para no perderte ninguna.




