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Hay aromas que no deberían cruzar océanos. Y sin embargo, lo hacen. El del pollo a la brasa, el comino, el ají, la madera ardiendo — todo eso cabe en una cocina en un pequeño pueblo de los Países Bajos, y desde ahí se expande como un eco que llega hasta Lima. Jenny Martínez lo sabe. Ella lo huele cada vez que abre el horno. Y cada vez que alguien prueba su pollo, sonríe: el Perú acaba de llegar a la mesa de alguien más.
Jenny lleva 22 años viviendo en los Países Bajos, es madre de cuatro hijos y, desde hace más de una década, ha convertido el plato más emblemático de la gastronomía peruana en su sello personal. Pero antes de que el olor a pollo a la brasa impregnara su hogar holandés, hubo una niña que aprendio de sus padres el valor del trabajo bien hecho, un negocio de vestidos de novia que fracasó, y un esposo que probó su cocina y descubrio que su esposa tenia entre manos algo que los neerlandeses debian probar.
Todo lo que el Dinero No Compra: Una Infancia de Barrio
Jenny creció en Los Olivos, un distrito de Lima donde la calle era una extensión del hogar. Los niños jugaban sin tregua, en cuadrillas ruidosas que se disolvían solo al oír un silbido — el código universal con el que los padres llamaban a sus hijos para la cena o la lección. En tiempos sin celulares, ese silbido era como un WhatsApp urgente: de esos que no se pueden ignorar, que suenan y sabes que tienes que responder ya. Y cuando sonaba, no valía excusa. Había que entrar a casa. Asi eran los dias con amigos de barrio, sin necesidad de juguetes caros ni grandes lujos, había algo que el dinero no puede comprar: una infancia llena de lo que realmente importaba.
En su memoria, la comida siempre fue celebración. En su casa, cada cumpleaños empezaba con la misma pregunta, dicha con una sonrisa cómplice: ¿qué quieres comer? Escoger su plato favorito era el mejor regalo del mundo, y durante días Jenny y sus hermanos vivían emocionados esperando ese momentazo. Sus padres, sin importar lo que hubiera pasado en la semana, siempre lograban que ese día fuera especial. Verlos moverse en la cocina, sentirse importantes por haber elegido el menú, saber que todo estaba hecho con cariño — eso, más que la comida, era lo que realmente celebraban.

Las salidas del colegio son ese momento que todo niño conoce: el apetito y el antojo aparecen juntos, con el estómago rugiendo después de un largo día de clases. Para Jenny, el aire a la salida se llenaba de olores que la detenían en seco. Afuera de su escuela, el mundo olía a papa rellena crujiente, a pan con pollo con ají pollero. Jenny aún recuerda el rostro de la señora que llegaba todos los días puntual a la puerta, ofreciendo comida sabrosa que hacía olvidar cualquier cansancio. Hoy, cuando cierra los ojos, vuelve a sentir esos aromas: pescado frito, papa a la huancaína, ceviche callejero. Esos olores no se han ido. Vuelven a la mente como una foto que no necesita verse para recordarse.
Los Padres y el Restaurante que Enseñó Sin Querer
Sus padres tenían un restaurante pequeño. Tan bueno que los domingos la gente esperaba en la calle por una mesa. Su madre era una administradora nata —sabía encontrar los mejores ingredientes aun si eso significaba ir hasta el fondo de Caquetá a buscarlos— y su padre, un maestro en atención al cliente. Se complementaban como las dos mitades de una receta bien hecha. Y sin que Jenny lo supiera entonces, esa cocina de barrio —humilde, ruidosa, rebosante de sazón— estaba sembrando en ella algo que germinaría mucho después, al otro lado del Atlántico.
Antes de los Países Bajos, Jenny combinaba sus estudios de educación con trabajos de fin de semana en una licorería. Una de esas noches viajaba de regreso a casa, la vida le exigió mirar de frente lo que nunca había imaginado, un momento en que el peligro la paralizo por completo y ese momento se volvió tan real como el miedo que no necesita nombre para sentirse. Jenny Salió ilesa, pero ese sentimiento de saber que puedes morir y que no lo harás se le quedó pegado al cuerpo. Esa noche entendió que la vida puede cambiar en un segundo, y que esperar el momento perfecto para actuar es un lujo que no siempre te puedes permitir.
Así nació su primer emprendimiento: empezó a hacer tortas de chocolate y mermeladas para venderlas en el restaurante de sus padres. Le fue tan bien que los pedidos se acumulaban. Sin saberlo, estaba ensayando lo que sería su vida en Europa. El instinto ya estaba ahí.
El salto: una Hermana, un País Nuevo
Jenny no planeaba irse del Perú. Tenía su vida, sus amigas, sus estudios, una sensación de estar desarrollándose bien. Pero sus dos hermanas ya vivían en los Países Bajos, y una de ellas, Carmen, insistía a diario: «Tienes que irte a Holanda.» La duda la acompañó durante meses hasta que, finalmente, tomó el vuelo que la llevaría a empezar de nuevo.
Los primeros tres años fueron los más duros. El frío no era solo climático. La comida, la gente, los horarios —todo era radicalmente distinto. Jenny había estudiado educación y tenía una vida social muy activa en Lima. Al llegar, tuvo que aprender a leer y escribir de nuevo, esta vez en un idioma que sonaba a nada conocido. En Perú se almuerza con comida contundente y caliente al mediodía; aquí el pan con queso y el vaso de leche era la norma.
En 2008, Jenny empezó a trabajar en una empresa de agricultura especializada en el estudio y desarrollo de semillas. Allí conoció a quien hoy es su esposo quien trabajaba monitoreando sistemas de invernaderos. Se conocieron en el trabajo, coincidieron luego en una fiesta, y lo demás —como ella dice— es historia. Pero el momento en que realmente sintió que los Países Bajos eran su hogar llegó después, con el nacimiento de su primer hijo. Ahí, junto a su esposo y su hijo Nicolás, supo que ya no era una extranjera de paso. Era una mujer construyendo un hogar.
En dos Culturas: Cuatro Hijos que Saben Quiénes Son
Hoy Jenny tiene cuatro hijos, mitad peruanos, mitad holandeses. Y a todos les ha transmitido la herencia culinaria de su país. Conocen los platos bandera peruanos. Saben que la comida criolla es una fusión y que llevan consigo historias de la esclavitud y la migración. Que el Perú es un crisol en cada bocado. Jenny les cuenta esas historias mientras cocina, como quien pasa una antorcha de generación en generación.
En su casa, las costumbres peruanas se entremezclan con las holandesas de forma natural. La Nochebuena se celebra el 24, el Año Nuevo con cábalas, y la cocina es el lugar donde ambas culturas se encuentran sin pedir permiso.
El Momento Decisivo
Pasaron los años. La economía apretaba y Jenny necesitaba un ingreso extra. Probó con un negocio de vestidos de novia importados desde España —fue, en sus propias palabras, «una muy mala idea». Las novias llegaban estresadas a su casa, el negocio no fluía, y ella sentía que no estaba conectando de verdad con la gente. No era su lugar. Fue un fracaso rápido, pero dejó una lección profunda: no se trata de vender cualquier cosa, sino de compartir algo que realmente llevas dentro.
Hasta que un día preparó pollo a la brasa en casa. Con la receta de su papá, con el cariño que se aprende cuando creces viendo a tus padres cocinar para una fila de comensales pacientes. Su esposo lo probó y soltó una frase que cambiaría el rumbo de los próximos años:
«Mi esposo lo probó y dijo: ‘Esto está delicioso. Aquí los holandeses tienen que probar esto. Tienes que vender, esto está riquísimo’.»
Y así empezó todo.
2012: El Primer Pollo
Su primer evento fue en 2012, organizado por dos emprendedoras peruanas. Jenny llegó con su esposo, puso sus pollos sobre la mesa, y el éxito fue inmediato —sobre todo entre la comunidad peruana, que encontró en su cocina un pedazo de tierra firme en medio del frío holandés. Pero pronto llegó algo más: los neerlandeses empezaron a animarse.
Al principio Jenny dudaba. El paladar holandés está acostumbrado a la sencillez: carne con sal, papas, verduras. El pollo a la brasa, con sus especias y su intensidad, es casi un acontecimiento sensorial. Pero todos los que lo probaron quedaron impactados. No ha recibido ni una queja. Al contrario: ver a alguien de otra cultura descubrir el sabor del Perú por primera vez se ha convertido en su motor más profundo.

Jenny vive en un pueblo pequeño, donde el acceso a restaurantes internacionales es limitado. Eso, lejos de ser un obstáculo, se volvió su ventaja: para muchos de sus vecinos, su pollo a la brasa es la primera vez que prueban algo genuinamente peruano. Y regresan. Siempre regresan.
Un Secreto Familiar que Vale Oro
¿Cuál es el secreto de su pollo? No lo suelta. No se negocia una herencia familiar así nomás. Pero lo importante no es la receta exacta, sino lo que hay detrás: décadas de tradición, un cuidado que no se aprende en ningún libro, el eco de una familia que cocinaba con lo que tenía y lograba que la gente hiciera fila en la calle.
Ese cariño se nota. Su pollo ha sido probado por personas de Pakistán, Surinam, Italia, Polonia —nacionalidades que Jenny ya ha perdido la cuenta— y todos se han ido felices, maravillados. Para ella, cada plato que sale de su cocina es una pequeña embajada. Un recordatorio de que el Perú no es solo un lugar en el mapa, sino un sabor que cabe en cualquier mesa del mundo.
«El pollo a la brasa no solamente es una comida, sino también un sentimiento.» – Jenny Martinez
El Sueño de la Pollería
Jenny no se conforma. Vende desde casa, participa en eventos, pero su sueño es claro: tener un local propio. Una pollería donde la gente pueda llegar, sentarse y comer su pollo a la brasa recién salido del horno, con el aroma a comino y ají llenando el espacio. Un lugar donde el Perú sea palpable.
Lo dice con la seguridad de quien ya ha recorrido el camino más difícil: llegar a un país nuevo, empezar de cero, probar, fracasar, intentar de nuevo, y encontrar en un plato de comida la razón para no rendirse.

Si hay algo que Jenny ha aprendido en todos estos años, es que emprender no se trata solo de vender. Se trata de hacer algo que amas tanto que el esfuerzo deja de pesar. La parte más dura, confiesa, no es la cocina ni el producto. Es lo administrativo —el belasting, la contabilidad—, que su esposo maneja con paciencia mientras ella se encarga de lo que mejor sabe hacer: cocinar con el corazón.
La historia de Jenny Martínez es la historia de tantos peruanos que construyen país desde la distancia, un plato a la vez. Una mujer que convirtió una receta familiar en un puente entre dos culturas, que crió a cuatro hijos biculturales sin soltar sus raíces, y que demuestra que el Perú cabe en cualquier rincón del mundo mientras haya un horno encendido y alguien dispuesto a compartir.
Y si quieres probar el pollo a la brasa de Jenny, estate atento a sus próximos eventos y siguela en sus redes.
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En peruanos.nl seguimos celebrando el talento y el espíritu emprendedor de nuestra comunidad peruana en los Países Bajos.




